Me propongo recuperar este blog moribundo antes de que acabe formando parte de ese gigante agujero negro de blogs abandonados que existe en el ciberespacio. Le he hecho la pedicura (sí, este es un blog escrito con los pies): ya no hablará de trabajo, eso lo dejo para otros que saben más que yo. Tampoco es que sepa mucho sobre los temas que trataré, pero como la mayoría serán paridas no creo que se note mucho.
He oído de todo acerca de por qué la gente normal creamos blogs. Es un tema interesante. “¿Crees que tienes algo que contar?”. Buena pregunta.
Los veinteañeros (se ve que se les llama generación millenium, según me contó alguien el otro día en un curso) son exhibicionistas por naturaleza, y no sienten ninguna necesidad de justificar esa actitud. Sus padres no han sufrido los rigores de la post-guerra y les han insuflado autoestima, descaro, exhuberancia vital y nulo sentimiento de culpabilidad. Ellos y su falta de pudor han sido claves para la eclosión de las herramientas 2.0: todos se han lanzado a tumba abierta a compartir su vida online, creando blogs, myspaces, facebooks y demás movidas, sin darle muchas vueltas a la pregunta que menciono anteriormente.
Los treintañeros somos ligeramente distintos. Se nos ha educado de forma más contenida y austera, a partir de un férreo respeto a nuestros progenitores y, en general, a la edad y la autoridad. Muchos van por el mundo pidiendo perdón por existir. De estos, la mayoría consideran que un blog es un ejercicio de exhibicionismo y autobombo totalmente innecesario e injustificable, a no ser que seas un líder de opinión o referente en algún campo de terminado.
Como buen treintañero, y a fin de no ser juzgado con excesiva dureza por los miembros de mi generación (y quizás también por mi mismo), ahí va mi justificación sincera para dejar claro que esto no es un inconcebible ataque de egolatría: a mi me seduce el formato.
Primero, porque tengo una letra espantosa y casi se me ha olvidado escribir a mano, así que prefiero utilizar el ordenador. Y un blog es mucho más ubicuo que el Word de tu sobremesa. Además, en teoría es invulnerable y permanente, con lo que debería sobrevivir durante el tiempo suficiente como para poder reírte de lo que escribías hace unos años. Y no me digáis que no queda bonito con estas plantillas que nos dan a elegir.
Tampoco nos olvidemos de una cosa: para un treintañero, poseer un rinconcito minúsculo de la www, sometido a sus delirios y arrebatos, es algo emocionante. Pensad que nosotros, en la adolescencia, quedábamos mediante llamadas al fijo, de esas que no ofrecían margen de error a la hora de marcar las coordenadas espacio-tiempo de la cita.
¿La desventaja? Cualquiera puede consultarlo, algo que me inquieta, pero que combato manteniéndolo en el anonimato más absoluto.
Voy a tratar de darle continuidad.
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